El horror de las cárceles

Prefiero ser impopular y no indolente; abogada, antes que política, pero alguien tiene que decir la verdad sobre el infierno que viven los que están privados de libertad en un Centro de Rehabilitación Social CRS, así como sus familiares. Cabe recalcar que estoy a favor de la cero tolerancia contra la impunidad.

Que todo delito sea sancionado y que la justicia actúe con mano firme es lo que queremos todos como sociedad,  más aún, si la inseguridad campea y al gobierno de turno poco o nada le importan las personas.

Lo ocurrido en las cárceles en estos últimos días, es una masacre sin precedentes, que nos ha dejado la piel de gallina y el corazón roto. Las imágenes desnudan horror y frialdad. El pavor nos abrazó ¿qué nos está pasando? ¿se imaginan cómo se sintieron quienes se enteraron de la muerte de los suyos por una de las tantas fotos que circularon en redes sociales y en WhatsApp? ¡No hay palabras para explicarlo!

No podemos o al menos yo no puedo ser indiferente ante lo que ocurre.  Las palabras de Nelson Mandela, retumban en mi mente y no pueden ser más oportunas: “El grado de civilización de una sociedad se mide por el trato a sus presos”. Ellos (los PPL) perdieron su libertad, no sus Derechos Humanos, aunque algunos aplaudan porque no los tengan, aun cuando se declaran defensores de la vida; el Estado tenía la obligación de velar por ellos, sin embargo les falló a esas madres, padres, hermanos, hijos, que hoy con dolor e indignación comprueban que la “rehabilitación” fue tan solo una quimera.

Cómo puede haber rehabilitación cuando el hacinamiento está por encima del 40%, donde hay sobrepoblación carcelaria por el abuso de la prisión preventiva para saciar intereses de ciertos personajes de corte coyuntural. El resultado, una bodega que almacena seres vivos, donde los violan, los obligan a prostituirse, donde la humillación e intimidación se toman las celdas. Cada metro cuadrado tiene una rúbrica de mortificación que luego se convierte en una escuela de perfeccionamiento de delincuencia y las pocas esperanzas que tenían sus familias que al pagar la pena, tengan una nueva oportunidad de corregir sus  vidas, quedan como un sueño convertido en pesadilla.

Y ni hablar del poco control que hay dentro de los CRS donde el crimen organizado hace de las suyas, ejerciendo una relación de poder sobre otros PPL quienes muchas veces deben pagar para sobrevivir, es decir, la extorsión a merced del día. Sumado a un servicio de inteligencia deficiente que no pudo prevenir las ejecuciones a mano propia de los privados de libertad.

No puede haber rehabilitación cuando se desmantela la institucionalidad. Lenin Moreno eliminó el Ministerio de Justicia, así como la Escuela de Guías Penitenciarios, entre otras desacertadas decisiones, todo en nombre de la “austeridad” que era aclamada por sus grandes aliados, ¿y ahora quién responde por toda la sangre derramada?

Créanme el poder punitivo está en el marco de la puerta de nuestros hogares, nadie está exento del infierno de las cárceles hasta que por diversas circunstancias le toca vivirlo. Y esas personas, que hoy lloran la pérdida de sus familiares, merecen reparación, verdad y justicia.

Este artículo es quizás el más impopular que he escrito, pero ignorar y pasar la página no es cosa de Marcela Aguiñaga. La selectividad tarde o temprano nos pasa la cuenta y la seguridad es un asunto de todos.

Solidaridad y cero impunidad para las víctimas de ayer, hoy y mañana.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *